Caminando hacia la luz

Hay fiestas que pertenecen a un pueblo y hay otras que, sin dejar de pertenecerle, terminan desbordando sus fronteras. Las fiestas del Cristo de la Luz de Dalías son de estas últimas. Profundamente dalienses en sus raíces, en su historia y en su manera de sentirse, hace mucho tiempo que dejaron de ser únicamente una celebración local para convertirse en uno de los grandes puntos de encuentro del Poniente almeriense.

Cada septiembre, Dalías adquiere durante unos días una dimensión distinta. Sus calles reciben a vecinos de El Ejido, Berja, Vícar, Roquetas de Mar, La Mojonera, Adra y de tantos otros rincones de la provincia. Unos llegan movidos por la devoción; otros, por una tradición heredada de padres y abuelos; muchos, sencillamente, porque sienten que estas fiestas también forman parte de su calendario sentimental.

Y quizá ahí resida su mayor valor: el Cristo de la Luz une.

Lo hace en una comarca que ha experimentado una transformación extraordinaria en apenas unas décadas. El Poniente almeriense de hoy poco tiene que ver con el de mediados del siglo pasado. La agricultura intensiva, la comercialización hortofrutícola, el crecimiento de los municipios y la llegada de miles de personas procedentes de otros lugares de España y del mundo han construido una realidad social y económica nueva. Somos una comarca dinámica, diversa y próspera, pero precisamente por ello necesitamos espacios comunes en los que reconocernos. Las fiestas de Dalías cumplen, en buena medida, esa función.

Porque una comarca no se construye únicamente con carreteras, empresas, servicios públicos o intereses económicos compartidos. Una comarca también se construye con afectos. Con recuerdos. Con costumbres que pasan de una generación a otra. Con lugares en los que personas de municipios distintos dejan durante unas horas de sentirse exclusivamente ejidenses, virgitanos, vicarios, roqueteros, abderitanos o dalienses para reconocerse como parte de una misma tierra. Y durante estos días Dalías ejerce precisamente de casa común.

Naturalmente, el centro de todo es el Santísimo Cristo de la Luz. La dimensión religiosa resulta inseparable de estas fiestas y explica buena parte de su extraordinaria capacidad de convocatoria. La devoción ha atravesado generaciones y límites municipales. Son incontables las familias del Poniente que mantienen alguna vinculación personal con el Cristo: una promesa, una petición, un agradecimiento, una peregrinación repetida año tras año o simplemente el recuerdo de quienes les enseñaron a acudir a Dalías cada septiembre.

Pero incluso para quien contempla la celebración desde una perspectiva exclusivamente cultural, resulta difícil permanecer indiferente ante lo que sucede.

La llegada de peregrinos, el movimiento constante por las calles, los encuentros entre familiares y amigos y esa espectacular noche en la que pólvora, luz, ruido y emoción acompañan al Cristo constituyen una manifestación colectiva difícilmente comparable con ninguna otra celebración de nuestra comarca.

El fuego, precisamente, posee aquí un significado especial. No es solamente espectáculo. Forma parte de una identidad transmitida durante generaciones y convierte por unas horas a Dalías en el centro emocional de buena parte del Poniente. Cuando llega la noche grande y el cielo se ilumina, entre el estruendo de los cohetes y el olor a pólvora aparecen también los recuerdos. Quienes estuvieron. Quienes ya no están. Los padres que llevaron de niños a quienes hoy llevan a sus propios hijos.

Ahí reside la fuerza de las tradiciones auténticas: nos recuerdan de dónde venimos mientras seguimos avanzando. Y ese mensaje tiene hoy especial importancia para el Poniente.

Vivimos en una comarca acostumbrada a mirar hacia delante. Hemos levantado uno de los sistemas agrícolas más importantes de Europa, desarrollado una formidable red empresarial y cooperativa y convertido municipios que hace pocas décadas tenían dimensiones modestas en ciudades llenas de actividad. Esa capacidad de transformación constituye uno de nuestros mayores orgullos.

Pero el progreso necesita raíces. Necesitamos conservar aquellas tradiciones capaces de proporcionar identidad a una sociedad sometida a cambios acelerados. Y necesitamos, sobre todo, celebraciones que permitan encontrarse a personas que durante el resto del año viven pendientes del trabajo, de las campañas agrícolas, de los mercados, de las empresas y de las obligaciones cotidianas. Por eso las fiestas del Cristo de la Luz poseen también un valor social que quizá no siempre apreciamos suficientemente.

Durante unos días desaparecen muchas distancias. Se encuentran generaciones diferentes, municipios diferentes y personas de procedencias diferentes. La fiesta crea conversación, convivencia y sentimiento de pertenencia. Y en una comarca cada vez más plural, esa capacidad integradora merece ser cuidada.

Integrar no significa borrar las diferencias. El Ejido debe conservar su personalidad, como Berja la suya, Adra la suya, Vícar la suya, Roquetas la suya y, por supuesto, Dalías la suya. Hacer comarca consiste precisamente en lo contrario: ser capaces de mantener nuestras identidades locales y, al mismo tiempo, reconocer que compartimos una historia reciente, una economía, un territorio y un futuro. Las grandes tradiciones pueden ayudarnos a conseguirlo.

Dalías ofrece cada septiembre un magnífico ejemplo. Un municipio que conserva orgullosamente una celebración profundamente propia y que, precisamente por la fuerza de esa identidad, ha conseguido convertirla en patrimonio sentimental de miles de personas que no nacieron allí. Eso tiene un enorme mérito.

Quizá deberíamos mirar las fiestas del Cristo de la Luz también desde esta perspectiva. No solamente como uno de los acontecimientos religiosos y festivos más importantes del calendario almeriense, sino como una oportunidad anual para reforzar los vínculos entre quienes compartimos esta esquina del Mediterráneo.

El Poniente necesita proyectos comunes, pero también necesita símbolos comunes. Necesita economía, infraestructuras y planificación, pero necesita igualmente cultura, memoria y lugares de encuentro. Y cuando llega septiembre, uno de esos lugares es, indiscutiblemente, Dalías.

Durante unos días, las carreteras parecen conducir hacia el mismo destino. Llegamos desde pueblos diferentes, con historias personales distintas y quizá con maneras distintas de vivir la propia fiesta. Pero nos encontramos en las mismas calles y levantamos la mirada hacia el mismo cielo iluminado.

Entonces ocurre algo sencillo y extraordinario a la vez.

Dalías sigue siendo Dalías.

Pero, por unas horas, Dalías es también todo el Poniente.

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