Porque una vivienda no es una cifra en una rueda de prensa. No es un eslogan electoral ni una promesa que pueda guardarse tranquilamente en un cajón después de unas elecciones. Es el lugar donde una familia construye su vida, donde unos padres crían a sus hijos y donde un joven intenta empezar a ser independiente. Cuando el acceso a una casa se convierte en una angustia permanente, no estamos hablando simplemente de economía: hablamos de seguridad, de dignidad y de futuro.
Por eso resulta especialmente dañino que el debate sobre la vivienda se llene de medias verdades, cifras escogidas interesadamente, culpables convenientes y promesas formuladas como si los problemas pudieran solucionarse de la noche a la mañana.
Unos prometen miles de viviendas. Otros aseguran tener la solución definitiva. Unos responsabilizan exclusivamente al adversario; otros hablan como si las administraciones que ellos mismos gobiernan no tuvieran ninguna responsabilidad. Y el ciudadano termina asistiendo a un espectáculo en el que todos parecen tener razón y, curiosamente, casi nadie parece ser responsable de nada.
Mientras tanto, la realidad continúa llamando a la puerta.
La persona que dedica una parte desproporcionada de su sueldo al alquiler no vive de discursos. La pareja que retrasa su proyecto familiar porque no puede permitirse una vivienda no necesita propaganda. El joven que sigue en casa de sus padres porque independizarse se ha convertido en un lujo tampoco necesita que le expliquen, por enésima vez, que la culpa es exclusivamente del partido de enfrente.
Necesita soluciones.
Y las soluciones empiezan por algo extraordinariamente sencillo que nuestra política parece haber olvidado: decir la verdad, incluso cuando la verdad resulta incómoda.
Decir que construir vivienda requiere suelo, planificación, inversión y tiempo. Reconocer que una medida puede tener beneficios, pero también consecuencias no deseadas. Explicar cuánto cuesta una promesa, quién va a pagarla y cuándo podrá cumplirse realmente. Diferenciar entre una vivienda anunciada, una proyectada, una iniciada y una vivienda terminada y disponible para que alguien viva en ella.
Parece elemental. Sin embargo, demasiadas veces el lenguaje político consigue convertir esas diferencias en una nebulosa.
Y ahí está uno de los grandes peligros de la mentira política: no solamente engaña sobre el presente, sino que destruye la confianza necesaria para construir el futuro.
Cada promesa incumplida tiene un coste que no aparece en ningún presupuesto público. Cada cifra manipulada erosiona un poco más la credibilidad de las instituciones. Cada vez que un dirigente presenta como un éxito algo que el ciudadano no reconoce en su vida cotidiana, aumenta la distancia entre gobernantes y gobernados.
Después nos sorprendemos de que la gente desconfíe de la política.
Quizá deberíamos sorprendernos de lo contrario.
La vivienda necesita menos propaganda y mucha más rendición de cuentas. Necesitamos saber cuántas viviendas públicas se prometieron, cuántas comenzaron realmente a construirse, cuántas se terminaron, cuánto costaron y quién puede acceder a ellas. Necesitamos conocer qué ocurrió con las promesas realizadas hace cuatro, ocho o doce años antes de escuchar las siguientes.
Y, sobre todo, necesitamos abandonar una costumbre particularmente tóxica: convertir cada problema en una oportunidad para culpar exclusivamente al adversario.
Los problemas complejos raramente tienen un único culpable y casi nunca poseen una solución milagrosa.
La vivienda depende de decisiones tomadas durante años por gobiernos estatales, autonómicos y municipales; de la disponibilidad de suelo, de la construcción, de la regulación, de la inversión pública y privada, de la evolución demográfica y de muchos otros factores. Pretender reducir todo eso a una frase electoral quizá produzca buenos titulares, pero produce pésimas políticas públicas.
Los ciudadanos deberíamos empezar a exigir algo diferente.
Cuando un político diga que construirá miles de viviendas, preguntémosle dónde, cuándo, con qué presupuesto y bajo qué régimen. Cuando anuncie que una determinada medida reducirá los precios, pidámosle que explique cómo se medirá el resultado. Cuando culpe al adversario, preguntémosle también qué hizo él cuando tuvo capacidad para actuar.
Y cuando llegue la siguiente campaña electoral, comparemos las promesas anteriores con los resultados obtenidos. Eso sería mucho más incómodo que cualquier debate televisivo.
Porque la democracia no consiste solamente en votar cada cierto número de años. También consiste en exigir explicaciones entre elección y elección. La política necesita recuperar el valor de una palabra que parece cada vez más humilde y, precisamente por eso, más revolucionaria: verdad.
No necesitamos dirigentes que nos prometan que todo será fácil. Necesitamos dirigentes capaces de explicar por qué es difícil y qué piensan hacer para mejorarlo. No necesitamos milagros inmobiliarios anunciados desde un atril. Necesitamos viviendas. Y con algo tan fundamental como el techo bajo el que vivimos, mentir no debería salir gratis.



