SUR SEEDS El Ejido FS, equipo de la Primera División de fútbol sala, volvió a sufrir el pasado viernes lo que, a mi juicio, constituye un auténtico atropello arbitral. En esta ocasión, los protagonistas fueron los colegiados Carlos Rodrigo Miguel y Fermín Sánchez-Molina Tapiador, encargados de dirigir el encuentro disputado en Son Moix frente al Palma Futsal, líder de la clasificación.
Corría el minuto 37 de partido y ambos equipos mantenían una intensa igualdad sobre la pista, con apenas un gol de ventaja para los locales. Fue entonces cuando Lucao propinó una fuerte patada en la pierna derecha al ejidense Cristian Rubio, cometiendo la sexta falta acumulada de su equipo. La infracción dio lugar al correspondiente lanzamiento de doble penalti, que permitió al conjunto visitante establecer el empate a tres goles.
Pero lo verdaderamente escandaloso estaba todavía por llegar. Los árbitros mostraron tarjeta amarilla al jugador del Palma Futsal, que, al tratarse de su segunda amonestación, debía abandonar la pista. El conjunto balear afrontaba así una situación comprometida: empate en el marcador, apenas tres minutos por disputarse y un jugador expulsado. Sin embargo, cuando los colegiados parecieron advertir las consecuencias de su decisión, atendieron las protestas del banquillo local y accedieron a revisar la jugada. Sorprendentemente, y sin que quedara suficientemente claro el motivo de su rectificación, decidieron retirar la segunda tarjeta amarilla al futbolista infractor, permitiéndole continuar sobre el parqué.
Para comprender la controversia conviene recordar una acción anterior protagonizada por Geraghty. En aquella ocasión, los árbitros revisaron una jugada en la que inicialmente habían interpretado que el jugador visitante había golpeado con el brazo el rostro de un adversario. Tras comprobar que no se había producido tal contacto, rectificaron y retiraron la tarjeta amarilla. Una decisión acertada, porque corregir un error arbitral siempre debe ser motivo de reconocimiento.
El problema aparece cuando esa misma capacidad de rectificación transmite la impresión de convertirse en una fórmula para compensar decisiones anteriores. Esa fue, precisamente, la sensación que dejó la actuación arbitral en Son Moix. En lugar de valorar cada acción de manera independiente, los colegiados dieron pie a interpretar que pretendían saldar una supuesta deuda con el conjunto local.
Y ahí reside la verdadera gravedad del asunto. Porque no estamos hablando únicamente de una decisión discutible en un partido de fútbol sala. Estamos hablando de una preocupante percepción de condescendencia arbitral hacia los equipos más poderosos de la categoría, una circunstancia que erosiona la credibilidad de la competición y alimenta la desconfianza de los aficionados.
El fútbol sala necesita emoción, incertidumbre y, sobre todo, igualdad de trato. Cuando un equipo recién ascendido visita la pista de uno de los grandes, debería hacerlo con la convicción de que sus posibilidades de victoria dependen exclusivamente de lo que suceda sobre el parqué, y no del nombre, el presupuesto o la trayectoria de su adversario.
Sin embargo, actuaciones como la vivida en Son Moix alimentan la sensación de que los modestos deben superar no solo la superioridad deportiva de sus rivales, sino también determinadas decisiones arbitrales que, acertada o equivocadamente, parecen beneficiar a quienes más poder tienen.
Esta percepción resulta especialmente perjudicial para una competición que necesita atraer espectadores, despertar interés y ofrecer partidos imprevisibles. Si los aficionados terminan convencidos de que siempre ganarán los mismos, independientemente de lo que suceda sobre la pista, el espectáculo corre el riesgo de perder buena parte de su atractivo.
Un enfrentamiento entre el Palma Futsal y el SUR SEEDS El Ejido FS debería ser una oportunidad para disfrutar de la competitividad de un recién ascendido frente al líder, no una nueva ocasión para cuestionar la imparcialidad de quienes tienen la responsabilidad de impartir justicia deportiva.
Por todo ello, sería conveniente que los responsables del estamento arbitral revisaran detenidamente este encuentro y, especialmente, la jugada que provocó semejante controversia. Si se detectan errores de criterio o de aplicación del reglamento, deberían adoptarse las medidas correctoras, formativas o disciplinarias que correspondan.
Incluso sería razonable plantear periodos de formación y reciclaje para aquellos colegiados que evidencien dificultades para gestionar encuentros de máxima exigencia, particularmente cuando deben actuar en escenarios de tanta presión ambiental como Son Moix, el Olivo Arena de Jaén o el Palacio de los Deportes de Murcia.
Porque arbitrar no consiste únicamente en conocer el reglamento. También exige personalidad, independencia de criterio y capacidad para resistir la presión, venga de donde venga.
La Liga Futsal Prime no puede permitirse que se instale la sospecha de que existen equipos que reciben un trato privilegiado. Los grandes clubes deben ganar por su calidad, su talento y sus méritos deportivos, nunca amparados por decisiones arbitrales que despierten dudas razonables.
De lo contrario, la competición corre el riesgo de convertirse en un espectáculo previsible, en el que, antes incluso de comenzar la temporada, los aficionados tengan la sensación de saber quiénes serán los protagonistas de siempre.
Porque cuando desaparece la incertidumbre, desaparece también buena parte de la esencia del deporte. Y cuando se pierde la confianza en la imparcialidad arbitral, lo que está en juego ya no es solamente el resultado de un partido, sino la credibilidad de toda una competición.

