Sin embargo, cuando una manifestación termina con escaparates destrozados y comercios de lujo saqueados, (Blocus) surge una pregunta inevitable: ¿estamos ante una estrategia de lucha política o ante una forma de delincuencia colectiva que utiliza la protesta como excusa? Algunos sectores radicales justifican los ataques a establecimientos de élite argumentando que representan la desigualdad económica, la acumulación de riqueza y los privilegios de una minoría. Desde esta perspectiva, asaltar una boutique de lujo tendría un significado simbólico: atacar los emblemas de un sistema considerado injusto. Pero esta interpretación encierra una contradicción evidente: ¿qué transformación social se consigue robando bolsos de miles de euros, relojes exclusivos o prendas de diseñador?
Si el propósito es combatir el consumismo y cuestionar los privilegios económicos, resulta paradójico que la supuesta rebelión consista precisamente en apropiarse de los productos que simbolizan esos privilegios.
Más que rechazar el lujo, algunos parecen aspirar a disfrutarlo sin pagar por él.
Es cierto que la violencia urbana puede responder a una estrategia política. Los disturbios atraen la atención mediática, generan impacto social y obligan a las instituciones a reaccionar. Sin embargo, no todo acto violento cometido durante una manifestación adquiere automáticamente una dimensión revolucionaria. Existe una diferencia fundamental entre la desobediencia civil, orientada a reivindicar cambios colectivos, y el saqueo destinado al beneficio particular.
La multitud, además, puede convertirse en un refugio para la responsabilidad individual. El anonimato, la confusión y la sensación de impunidad favorecen conductas que difícilmente se realizarían en solitario.
Pero robar en grupo no convierte un delito en una reivindicación política, por muchas consignas que lo acompañen.
Esto no significa ignorar las causas del malestar social. La precariedad, la exclusión y las desigualdades económicas son problemas reales que merecen respuestas políticas. Sin embargo, comprender las razones de la frustración no implica justificar cualquier comportamiento. Tampoco sería justo identificar a todos los manifestantes con quienes aprovechan las protestas para delinquir.
Además, estos episodios suelen perjudicar a las propias causas que dicen defender. Las imágenes de saqueos desplazan el debate desde las reivindicaciones sociales hacia la inseguridad y el vandalismo. Los trabajadores de los establecimientos afectados también pueden sufrir sus consecuencias, mientras la legitimidad de las protestas pacíficas queda injustamente cuestionada.
En definitiva, determinados ataques a comercios de lujo pueden tener una motivación ideológica, pero cuando su finalidad principal es apropiarse de mercancías para beneficio personal, la justificación política pierde credibilidad.
La desigualdad debe combatirse mediante la reivindicación, el debate y la acción política, no convirtiendo el descontento social en una licencia para robar.
Porque una revolución pretende transformar la sociedad, mientras que un saqueo oportunista simplemente cambia de manos la mercancía. Y por mucho que se disfrace de protesta, robar un bolso de lujo no convierte a nadie en revolucionario.
Y lo más preocupante de todo es que estas novedosas estrategias son posibles gracias al uso malintencionado de las redes sociales que siguen atrapando a inocentes que actúan teledirigidos por quienes pretenden aprovechar la ocasión para lucrarse, no para mejorar la situación de nadie.
